Nuevos Descubrimientos en tierras Mayas

 

Mayas

 

El reconocido arqueólogo subacuático Guillermo de Anda nos comparte los más recientes estudios hechos en cenotes del Sureste mexicano. ¡Descubre los misterios del universo subterráneo maya!

Dentro de las selvas de la Península de Yucatán, y ocultas bajo la espesa maleza, se encuentra una serie de oquedades que dan acceso a un universo alterno, las cavernas sumergidas llamadas cenotes por los antiguos mayas. Estos enormes sistemas de cuevas representaron para la antigua civilización que vivió cerca de ellos, la cuna de la creación y el lugar de donde surgió la vida. La semilla del maíz fue colocada por los dioses ahí también, como un regalo para las criaturas humanas de las cuales esperaban a cambio, la obligación de ofrendarles periódicamente el alimento del cual se nutrían los seres divinos: la sangre del hombre. Estos elementos nos hacen ver el contexto del porqué cuevas y cenotes formaron parte fundamental de la cosmovisión de los antiguos mayas, y porqué aún en nuestros días son sitios que permanecen envueltos en un especial misticismo. Basta con sumergirse en las aguas de cualquiera de estos sorprendentes lugares, para caer en una especie de trance hipnótico que nos evoca tiempos ancestrales, cuando estos sitios eran considerados como la morada de los dioses.
Mi propio encuentro con los cenotesDurante más de tres décadas me he dedicado a bucear y los últimos 28 años lo he hecho de manera profesional, ya sea en calidad de arqueólogo o como instructor de buceo en cuevas. Mi advenimiento a este mundo se dio por una de esas mágicas “vueltas de tuerca de la vida”. Esto sucedió hace casi 30 años, cuando tuve el privilegio de sumergirme en un cenote por primera vez. En esa memorable ocasión, tuve un encuentro que cambió mi vida: en el fondo del cenote y semi oculto en un pequeño nicho, se encontraba un cráneo humano. En ese momento me hice mil preguntas que se acumularon en mi mente, me cuestionaba por ejemplo: ¿quién había sido este individuo? ¿Por qué estaba ahí, en el obscuro fondo de un cenote? ¿Era joven cuando murió? ¿Era hombre o mujer? ¿Lo mataron? ¿Llegó ahí como producto de un sacrificio? ¿Sus restos mortales podrían ayudar a responder esas preguntas? Ese hallazgo y las preguntas que no pude contestarme en ese momento, me mostraron un nuevo camino de desarrollo profesional, y años después me convertí en arqueólogo subacuático especializado en cenotes.

La arqueología subacuática es una de las más fascinantes profesiones que alguien puede tener, y cuando ésta involucra el buceo en cuevas que no siempre son accesibles y en las que es necesario descender a rappel, la aventura es completa. Aunado a lo anterior, en estos sitios pueden observarse huesos y artefactos producto de la actividad ritual de los antiguos mayas, lo que convierte a la arqueología subacuática en cuevas en una actividad incomparable. La Facultad de Ciencias Antropológicas de la Universidad Autónoma de Yucatán nos ha brindado la oportunidad única de combinar todas estas disciplinas. Esta es actualmente la única institución de educación superior del país donde se pueden llevar a cabo estos estudios.

Cenote de Tulum

Confesiones y ritualesLa arqueología de cuevas y cenotes es una disciplina relativamente nueva y hasta hace muy poco tiempo contábamos con escasa información para investigar la fuerte ritualidad que se asoció a tan peculiares contextos. Fue por eso que nos dimos a la tarea de buscar información en las más diversas fuentes, tanto arqueológicas, bibliográficas, iconográficas y documentales. En este último sentido, tuve la suerte de contar con una serie de documentos históricos procedentes del siglo XVI, relativos a lo que los evangelizadores franciscanos, encabezados por el obispo Diego de Landa, llamaron la Persecución de la idolatría. El célebre fray Diego de Landa, artífice de esta campaña de extirpación de la antigua religión maya, tenía como blanco principal la cacería de los sacerdotes mayas conocidos como los Ah kin ob o “los del sol”, que aún preservaban, difundían y practicaban la antigua religión, en plena época del contacto. Los frailes capturaron e interrogaron a cientos de testigos, cuyas “confesiones” fueron escrupulosamente registradas por los escribanos españoles. Debido a la naturaleza informativa de los documentos –redactados como informes para el Rey Felipe II–, estos contenían abundante y detallada información en relación al sacrificio humano, que de acuerdo con estos manuscritos, se seguía practicando aún a pesar de los intentos por lograr la conquista espiritual de los mayas, a través de la evangelización.
Al estudiar los documentos, formulamos la hipótesis de que el seguimiento de la información contenida en ellos, nos permitiría acceder a la actividad ritual que se llevó a cabo en cuevas y cenotes desde épocas muy remotas. En los documentos se registran y describen, con lujo de detalle, diferentes formas de sacrificios rituales en esos cuerpos de agua característicos del norte de la Península de Yucatán. Es interesante que en 93% de los sacrificios mencionados se realizó la extracción del corazón y que el 79% de las víctimas producto de ese tipo de sacrificio, se depositó en algún cenote. En esos documentos se nombran víctimas predominantemente entre los 6 y los 12 años, así como adultos masculinos jóvenes. En dichos archivos se indica repetidamente la utilización de un importante cenote, el que las crónicas describen como “un cenote en Chichén Itzá”. Indudablemente se trataba del que nosotros conocemos en la actualidad como el Cenote Sagrado. El estudio de los restos óseos de los individuos depositados en este emblemático lugar, abrió nuevas perspectivas en nuestra forma de concebir la actividad ritual en los cenotes.
Los primeros intentos por desentrañar los secretos que yacían en el fondo de este increíble cenote fueron realizados por Edward Thompson, quien después de adquirir la hacienda de Chichén Itzá, con sitio arqueológico y cenote incluido, le arrancó al ojo de agua algunos de sus más preciados secretos. Entre los objetos recuperados por Thompson se encuentran materiales únicos en el área maya, como los artefactos de oro (en realidad fueron manufacturados con tumbaga, una aleación de oro y cobre) y los textiles y objetos de madera. Dentro de esta maravillosa colección de “tesoros” se encontraba una importante colección de huesos humanos, 119 individuos en total –nos enteraríamos 95 años después–, que fueron transportados al Museo Peabody de la Universidad de Harvard.
Posteriormente, y ya en la década de los sesenta, una expedición mexicana dirigida por el arqueólogo Román Piña Chan decide hacer un segundo intento por desentrañar los todavía numerosos secretos que yacían en el fondo del cenote. El arqueólogo Piña logró extraer una importante cantidad de artefactos, aunados a una nueva y sobresaliente colección de segmentos óseos, los cuales fueron puestos bajo la custodia de la Dirección de Antropología Física del INAH. Estos individuos y los secretos que guardaban, permanecieron a buen resguardo y en perfecto estado de conservación en la osteoteca de la Dirección de Antropología Física (DAF) por casi 50 años.
Mi encuentro con las pruebasAños después de que la expedición mexicana incrementara la colección de huesos humanos del Cenote Sagrado, y que estos fueran llevados a la Ciudad de México, sumergido en las aguas de aquel mi primer cenote, jamás pasó ni remotamente por mi mente que yo tendría el privilegio de analizar esa colección ósea. Muchas de las preguntas que me hacía en aquel recordado primer buceo en un cenote, serían nuevamente formuladas en los sótanos del hermoso Museo de Antropología de la Ciudad de México, ante una de las mesas del laboratorio de la DAF del INAH. Estaba otra vez frente a un cráneo humano.

Provenía nada menos que del fondo del Pozo Sagrado de los Itzáes, y tenía mil preguntas esperando respuestas. La historia de las doncellas depositadas vivas tomaba un sesgo, ya que pude documentar, por ejemplo, las marcas de manipulación póstuma del cuerpo correspondiente a un amplio rango de tratamientos, junto con actos de violencia alrededor de la muerte. Un dato estremecedor es el hecho de que el mayor porcentaje de marcas de violencia ritual fue documentada en huesos de niños.

Los individuos del cenote analizados son casi en un 80%, niños de entre 3 y 12 años de edad. Parece ser que existe un patrón mesoamericano en la elección de niños varones para ser ofrendados, ya que había la creencia de que estos eran las víctimas favoritas de los dioses de la lluvia, entre otras cosas. Es interesante hacer notar que los resultados no sólo son consistentes con lo que encontramos en las crónicas del siglo XVI y por la iconografía del sitio, sino que ellos mismos nos proveen de valiosa información adicional. Los complejos rituales efectuados en el Cenote Sagrado fueron mucho más sofisticados que lo que se había proyectado a través de las fuentes etnohistóricas y que desde luego no se limitaban al acto de arrojar individuos vivos a sus aguas.

El Proyecto “Culto al Cenote”Provistos con la información de las crónicas históricas, los resultados del análisis de los huesos del Cenote Sagrado (de Chichén Itzá) y equipos de espeleología vertical y de buceo en cuevas, y después de seis años de investigación en gabinete, nuestro equipo de trabajo finalmente salió al campo. Íbamos en busca de la evidencia de las actividades de culto a cuevas y cenotes en Yucatán.
Sabíamos bien que algunos de nuestros datos eran abrumadores, sobre todo en lo que a la información de las fuentes históricas se refiere, pero quedaba aún la duda de que aquellas confesiones contuvieran datos verídicos. Necesitábamos reunir la mayor información posible para corroborar todas las hipótesis.

Detectives del pasadoA través de los datos previos a la investigación de campo, que fueron llevados a cabo en bibliotecas, archivos y en laboratorio, nos dimos cuenta que había zonas “susceptibles” de contener cuevas y cenotes con mayor evidencia de los rituales que se llevaban a cabo en torno a esta importante parte del universo maya. Clasificamos estas zonas como “áreas de alerta”. Fue de esa manera que durante nuestra primera temporada de campo llegamos a 24 cuevas y cenotes que fueron sistemáticamente revisados y registrados. Para acceder a estos sitios fue necesario utilizar una combinación de metodologías que van desde el uso de técnicas de espeleología vertical, hasta el buceo profundo y buceo en cuevas. Tal vez por esto muchos de ellos han permanecido sin tocar durante un largo periodo de tiempo. Es sorprendente constatar que los mayas antiguos, desprovistos del equipo con el que contamos en la actualidad, hayan interactuado de una manera tan activa y contundente con estos sitios. Esta temporada fue extraordinariamente exitosa, aunque desde luego nuestro trabajo presenta limitaciones, debido a que los sitios se encuentran en los extremos entre el mundo cotidiano, la superficie de la tierra y el “inframundo”. Aparte de las dificultades que presenta la naturaleza del terreno, una limitante más, es el hecho de que todo el material se analizó en su lugar original y ningún segmento fue tocado alterado o removido y por consiguiente no ha sido analizado en el laboratorio.

Es interesante destacar en este punto, que la selección de las zonas, misma que nos condujo a determinar 24 de las más de 5,000 cuevas y cenotes que yacen en la Península de Yucatán, no fue hecha al azar. El trazado de un mapa basado en los antiguos documentos de la época colonial, fue la clave para los descubrimientos.

La tormentosa evidencia de las fuentes colonialesEn 1562, un hombre llamado Diego Te, permanecía sentado moviéndose inquietamente en un pequeño banco de madera, mientras sudaba copiosamente. Su sudor no era producto del intenso calor de ese día de verano, al cual estaba acostumbrado, sino que se debía al nerviosismo provocado por el interrogatorio al que había sido sometido por más de 12 horas. Todo esto sucedía dentro de la iglesia del pueblo de Homún, en el centro de Yucatán. Bajo la escrutadora mirada del Juez Apostólico Don Juan de Villagómez, un sacerdote traducía los testimonios de Te, mientras este último hacía el signo de la cruz ante el juez, jurando estar diciendo la verdad, y finalizando con la palabra “Amén”. Su testimonial se preserva aún en el Archivo General de Indias en España. Hacía aproximadamente un año –decía Te– había ido a la iglesia a medianoche a encender una vela para su padre enfermo, cuando se encontró con Lorenzo Cocom, el cacique de Tixcamahel. Acompañando a Cocom estaba un hombre llamado Mateo y Francisco Uicab, un ah kin, o sacerdote maya. Los hombres habían traído a la iglesia dos “ídolos” que representaban sendas deidades mayas.

Parados cerca de los ídolos había dos niños que el testigo identificó como Juan Chel y Juan Chan. Los niños habían sido secuestrados por estos hombres de sus casas en los pueblos de Kantunil y Usil. Mientras Te, observaba escondido en la parte de atrás de la iglesia, Cocom y Uicab tiraron en el suelo a los niños para ponerlos de espalda en una piedra, y con un navajón de pedernal los abrieron por el lado izquierdo y abiertos les cortaron los corazones de los niños y se los pasaron al ah kin, quien a su vez los frotó en la boca de los ídolos. Y vio después cómo arrojaron a los muchachos a un cenote que se decía Katmún.

Al día siguiente, Melchor Canché atestiguó frente al juez apostólico y describió un evento similar. Canché había ido a la iglesia cinco años atrás a “decir sus oraciones”, cuando vio a los caciques de Tixcamahael, y a un grupo de ah kin ob (plural para sacerdotes mayas), haciendo sacrificios a “sus ídolos” dentro de la iglesia. Dos niños fueron sacrificados y atados a cruces de madera. Mientras los hombres levantaban las cruces dentro de la iglesia, decían: “aquí está Jesucristo”. Al tiempo que Canché miraba la escena, dos hombres, que él identificó como Juan Cime y Luis Ku, abrían el pecho de los niños y entregaban los corazones a los sacerdotes. Los cuerpos fueron tirados posteriormente a un cenote.

Lo anterior es un ejemplo del lujo de detalle con el que son descritos los sacrificios en las fuentes del siglo XVI. Las confesiones generadas en 1562 son muy numerosas y detalladas. En ellas se mencionan los nombres de los sacerdotes, de sus asistentes y de las víctimas. También las fuentes son generosas con la información referente al sexo, edad, procedencia y estatus social de los sacrificados.

En total se describen 196 víctimas de sacrificio, de las cuales 143 fueron depositadas en cenotes. Cabe destacar que en su mayoría las víctimas de los sacrificios descritos fueron niños. Mi entusiasmo al encontrarme con estos datos que describían al detalle la etapa final de una actividad ritual milenaria, no se vio defraudado. A través de una de las acciones pertenecientes al llamado Acto de fe del año de 1562, Landa nos proporcionó un legado excepcional para iniciar nuestra investigación relacionada con el depósito de los muertos en cuevas y cenotes de Yucatán.

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